jueves, 4 de febrero de 2016

Y estando a un paso más cerca de lo que deseo, me derrumbo ante la incertidumbre.
La sensación maldita que me recorre, insinuando el inminente fracaso de mis expectativas. Y es que todos alardean de que las expectativas son una droga adictiva que hay que abandonar antes de que te corroya.
Aún así, me abastecen hasta tal punto que la ficción se vuelve parte de mi rutina y queda permanentemente fusionada a mi día y a mi noche, manifestándose en esta última como ilusión onírica.
¿Y es que cómo se vive sin esas dulces mentiras piadosas?
¿Es que nunca se está realmente preparado para salir al mundo exterior? A ese salvaje mundo en el que nos deslizamos como víboras ansiando todo lo que alcanzamos a contemplar. 
¿Quién me enseñará las cosas que nunca me atrevo a preguntar? Lo que mi voz no hace más que un murmullo difuso.
¿Cómo aprendo a vivir esta vida que me han brindado? El libre albedrío es útil cuando no se encuentra constantemente limitado. Sin embargo, en casos como el que me quita el sueño, es inútil el instinto, pues funcionamos según unas leyes dispuestas y el instinto no es más que un vulgar reflejo de nuestra consciencia más primitiva.