lunes, 28 de diciembre de 2015

~ Erin ~


Mi adorado cielo,
tú has sido como el pedacito de chocolate más delicioso de todos.
Siempre dejándome ese sabor en la boca tan dulce y reconfortante.
Sólo una víbora mezquina abandonaría algo tan necesario y a la vez peligrosamente obsesivo.
No conozco más que el descontrol a tu lado y más cuando las caricias se hacen profundas y ardientes.
Mi pecho tiembla al pensar en lo que estoy haciendo, y esto sólo alcanza a ser una triste excusa irrazonable para intentar calmar mis caóticos pensamientos.
Jamás me arrepentiré de algo tanto como de desvanecerme entre las sombras de esta noche estrellada y preciosa, donde la luna brilla más que cualquier farol artificiado.
Entiende, mi amor, mi gran temor.
Comprende lo que me hace huir de tus brazos.
Esa imagen inventada de mi alma como libre y atormentadamente encantadora.
Solo soy una mera fantasía salvaje de tu mente abarrotada por un mundo desbocado hacia el eterno invierno.
Entiende, mi amor, que me aterra pensar que puedo fallar en tus deseos y desaparecer de tu infinito recuerdo.
No soy capaz de enfrentarme a dejar mi espacio vacío en tu ansiado corazón.
Necesito perdurar en tus memorias y en tus sentimientos.
Esta es la única razón que se me ocurre para abandonar tu cama de madrugada y escabullirme de entre tus sábanas.
Perdóname, mi amor, y ámame, por siempre.
Te lo suplico.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Se aleja por el cielo como un pajarillo que huye de una muerte segura. Sin embargo, no está asustada. Es su ansía de seguir viva, de llenarse con cada bocanada de algo más que aire.
Se desliza entre las nubes de una ciudad en sombras que antes fue el glorioso centro del mundo, enriquecido por ellos que le otorgaron valor y nombres.
Cariñosos nombres de algo más que simple asfalto y calles decoradas con la basura de un día de vida.
El tiempo parece destruir todo lo que a nosotros se nos escapa.
Y ella huye de la tormentosa atadura de lo tangible. De lo que nos encierra, huye de los barrotes que su piel le construye, en torno a su agitada mente, el torbellino de pensamientos que es su esencia, su más desgastado regalo a la humanidad.
Corre de los usurpadores indignados de su conciencia que desean encadenarla con el hierro más ardiente jamás forjado.
Los rayos del sol se desvanecen entre la bruma de las nubes y envuelven el Tártaro con su agitada noche.
Cambios como el agua en la piedra, agujeros por todos lados y una profunda sed.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Vivo en una mentira del color del cielo azul recién despejado tras una fuerte tormenta;
del color del anochecer cuando la luz aun se está apagando;
del de las hojas secas de otoño que crujen cálidamente bajo las botas;
del color de sus ojos, en un crepúsculo violáceo de comienzos de primavera;
del color de unos rizos tan ardientes como la hoguera chispeante.

Vivo en una mentira que huele a canela y azahar, y que en invierno se tiñe de blanco, sepultando mis penas bajo tres metros de nieve suave y blanda. En mi mentira no todos los cuentos tienen un final feliz, pero sí uno precioso.
Cuando abro los ojos, paseo por mis praderas hipotéticas y mis campos de amapolas, sin pensar por un instante en hacia dónde se mueven mis pies o qué sale de mi boca.
A veces cuando la luna se eleva, mi mentira deslumbra, abriendo un enorme boquete en mi pecho y llevándome, arrastrándome hacia unos cálidos brazos hechos de almohadones de pluma y suaves texturas.
Y mi mentira vuelve más que nunca cuando todo lo que alcanzo a mirar se derrumba con parsimonia, como si bailara una danza letal, una cuenta atrás. Me envuelve con su familiaridad y su idealismo.
La utópica realidad de una ciudad sin nombre en medio de un país sin ley, gobernado por una sombra sin rostro. Preciosa mentira que se desliza por entre tus labios cuando necesitas más que nunca un buen hombro y deseas, por encima de todas las cosas, nunca despertar de esa pesadilla milagrosa y agónica por su imposibilidad.
Tienes un problema, y lo sabes, lo sabes muy bien porque no puede ser de otra forma.
Pero ¿cómo afrontarlo? Esa es la incógnita.
Ni pistas ni referencias que coleccionar para poder seguir avanzando con un mínimo de equilibrio, solo el recuerdo de su causa, del origen de ese molesto problema que ronda tus sueños.
Inhalas insatisfacción en el aire, contaminado por esas apestosas auras destruidas, demacradas y rotas.
Apartas la mirada para no desfallecer, de hambre de algo bueno.
Y entonces te caes de bruces en el fuego, algo te invade el pecho y hace que te retuerzas con ganas de arrancar la ropa de tu piel, liberarla. Salir y correr lejos de todo lo que nos rodea, por una vez, sin condiciones, sin influencias, un estado puro e imperturbable.
Vuela la cabeza por un mar de nubes borrosas y grises, sorteando los rayos que Zeus nos arroja desde su trono de hierro, corre más rápido, antes de que te pille y te capture entre sus largos dedos manipuladores.
Una serpiente sisea en tu oreja y te tienta con la fría verdad, pero cierra los ojos y descubre lo que esconden sus palabras, entre las bífidas formas de su canto.
Recuerda que en un tiempo quisiste salir de esto y cuando lo lograste caíste al fuego, un infierno helado y abrasador que arrastra la cordura que se escapa de tus pensamientos, ahogada entre rosas de papel perfumadas y gotas de sangre seca y dulce.
Maldigo el día en que me crucé con la lucidez insatisfecha de mis preguntas sin respuesta, a veces quisiera ser solo un punto blanco en la distancia, un número en la lista de nacidos del planeta.
¿Y no es lo que soy?
A veces me gustaría quitarle importancia a las cosas que no la tienen, más de lo que ya hacemos.
No debería dejarse llevar por las olas de la sociedad condenada del mundo negro en el que hemos caído, como Lucifer cuando su pecado lo arrojó a un abismo de locura. Como Pandora y su cajita de los males más oscuros del universo. Como Lilith al oponerse a su dominante señor, sueña, sueña que algún día su propio futuro la rescate.
¿Es eso lo único que nos queda? ¿Esperar una luz al final del túnel?