lunes, 28 de diciembre de 2015

~ Erin ~


Mi adorado cielo,
tú has sido como el pedacito de chocolate más delicioso de todos.
Siempre dejándome ese sabor en la boca tan dulce y reconfortante.
Sólo una víbora mezquina abandonaría algo tan necesario y a la vez peligrosamente obsesivo.
No conozco más que el descontrol a tu lado y más cuando las caricias se hacen profundas y ardientes.
Mi pecho tiembla al pensar en lo que estoy haciendo, y esto sólo alcanza a ser una triste excusa irrazonable para intentar calmar mis caóticos pensamientos.
Jamás me arrepentiré de algo tanto como de desvanecerme entre las sombras de esta noche estrellada y preciosa, donde la luna brilla más que cualquier farol artificiado.
Entiende, mi amor, mi gran temor.
Comprende lo que me hace huir de tus brazos.
Esa imagen inventada de mi alma como libre y atormentadamente encantadora.
Solo soy una mera fantasía salvaje de tu mente abarrotada por un mundo desbocado hacia el eterno invierno.
Entiende, mi amor, que me aterra pensar que puedo fallar en tus deseos y desaparecer de tu infinito recuerdo.
No soy capaz de enfrentarme a dejar mi espacio vacío en tu ansiado corazón.
Necesito perdurar en tus memorias y en tus sentimientos.
Esta es la única razón que se me ocurre para abandonar tu cama de madrugada y escabullirme de entre tus sábanas.
Perdóname, mi amor, y ámame, por siempre.
Te lo suplico.

No hay comentarios:

Publicar un comentario