domingo, 20 de diciembre de 2015

Se aleja por el cielo como un pajarillo que huye de una muerte segura. Sin embargo, no está asustada. Es su ansía de seguir viva, de llenarse con cada bocanada de algo más que aire.
Se desliza entre las nubes de una ciudad en sombras que antes fue el glorioso centro del mundo, enriquecido por ellos que le otorgaron valor y nombres.
Cariñosos nombres de algo más que simple asfalto y calles decoradas con la basura de un día de vida.
El tiempo parece destruir todo lo que a nosotros se nos escapa.
Y ella huye de la tormentosa atadura de lo tangible. De lo que nos encierra, huye de los barrotes que su piel le construye, en torno a su agitada mente, el torbellino de pensamientos que es su esencia, su más desgastado regalo a la humanidad.
Corre de los usurpadores indignados de su conciencia que desean encadenarla con el hierro más ardiente jamás forjado.
Los rayos del sol se desvanecen entre la bruma de las nubes y envuelven el Tártaro con su agitada noche.
Cambios como el agua en la piedra, agujeros por todos lados y una profunda sed.

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