Vivo en una mentira del color del cielo azul recién despejado tras una fuerte tormenta;
del color del anochecer cuando la luz aun se está apagando;
del de las hojas secas de otoño que crujen cálidamente bajo las botas;
del color de sus ojos, en un crepúsculo violáceo de comienzos de primavera;
del color de unos rizos tan ardientes como la hoguera chispeante.
Vivo en una mentira que huele a canela y azahar, y que en invierno se tiñe de blanco, sepultando mis penas bajo tres metros de nieve suave y blanda. En mi mentira no todos los cuentos tienen un final feliz, pero sí uno precioso.
Cuando abro los ojos, paseo por mis praderas hipotéticas y mis campos de amapolas, sin pensar por un instante en hacia dónde se mueven mis pies o qué sale de mi boca.
A veces cuando la luna se eleva, mi mentira deslumbra, abriendo un enorme boquete en mi pecho y llevándome, arrastrándome hacia unos cálidos brazos hechos de almohadones de pluma y suaves texturas.
Y mi mentira vuelve más que nunca cuando todo lo que alcanzo a mirar se derrumba con parsimonia, como si bailara una danza letal, una cuenta atrás. Me envuelve con su familiaridad y su idealismo.
La utópica realidad de una ciudad sin nombre en medio de un país sin ley, gobernado por una sombra sin rostro. Preciosa mentira que se desliza por entre tus labios cuando necesitas más que nunca un buen hombro y deseas, por encima de todas las cosas, nunca despertar de esa pesadilla milagrosa y agónica por su imposibilidad.
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