domingo, 20 de marzo de 2016

¿Es posible dudar de todo lo que conozco? ¿Todo eso grabado inconscientemente en mi cabeza?
El sonido de mi escepticismo se asemeja a un doloroso chirrido de indignación, vejado por el paso de un tiempo paradójicamente estático.
Mi interior se inunda de la rabia más inocente jamás experimentada.
¿Y es que acaso me dieron elección?
Caer a esta tierra plagada de embriagadora belleza a la par que de absoluto caos.
Especiado con ese deseo febril de encontrar un porqué indescifrable y tan efímero como su búsqueda.

Aquellas familiares palabras de ánimo, consuelo, gratitud, egoísmo; no son más que puras invenciones ajustables bajo nuestro mando.
Sin embargo, esa verdad tan certera como es el poder de modificar, se nos escapa, arrastrándose como el último suspiro de nuestra indeseada e inalcazable vida.

Y corremos, llevados por el frenesí de lo imposible, persiguiendo aquello que nos enciende, ignorando las posibilidades que nos ofrece la perspectiva.
Ignorandolo todo.

Componiendo el verdadero motivo de nuestra existencia: resistir.

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