Al cerrar los ojos me sumo en ese estado de placidez vacía, inundada de mis recuerdos preferentes que se arremolinan a mi alrededor como un torbellino desbocado.
Al abrirlos veo cómo lo que he construido en mi espíritu se derrumba para dar paso a un mundo gris y seco en el que todo lo que consiga será perturbable y lo único que de verdad importe.
Es ahí cuando mi alma se retuerce en su jaula de barrotes oprimentes que me cierran el pecho, y con los que me veo obligada a ocultarme. Pues es la única forma que he encontrado a estas tempranas alturas para sobrevivir.
Mimetizarme con el decorado del enorme escenario vacío que representa mi vida, frente a un público siempre ocupado y ausente, invadido por los avances que acarrean retrasos por igual. Retrasos de moral y de ética. Retrasos de mente, y de corazón.
El mundo está condenado a caer por un precipicio del color del arcoiris, que nos enamora a medida que nos acercamos al final de todo lo conocido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario