lunes, 31 de agosto de 2015

Astareth I

Entonces Miguel alzó la mano y dijo << Te haré valiosa, tanto que nunca dejarás morir a un enfermo o inocente que te suplique socorro>> y tras estas palabras, se retiró del bebé que sollozaba rabiosa en su pulcra cuna de abedul negro.
Así, la imagen del arcángel se esfumó, condenando a esa indefensa criatura al desprecio más riguroso de un padre descontento.
Y esa criatura creció, bella y salvaje, invadida por la rabia más sincera de una niña desgraciada ante los ojos de su mentor.
Por su parte, él tenía razones para odiarla, pues su simple nacimiento había supuesto la repentina y dolorosa muerte de su amante más querida y venerada, la radiante Aurora, de ojos penetrantes y labios deliciosos.
Para la joven criatura, por el contrario, significaba una inmensa desaprobación hacia su simple existencia, y abstraída de los convencionalismos de una vida en la realeza, creció rebelde y con un inmenso deseo de libertad, justificado por su doblegada niñez.
Presa de una vida de castigo y penumbra, ansiaba alzarse sobre sus innumerables hermanos que recorrían los pasillos de ese palacio oculto en un recóndito rincón del Mundo Esencial.

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Todos los días, al ocaso, la niña se escabullía del palacio, escalando desde una balconada hacia el tejado de una de las muchas torretas con las que contaba el lugar. Se detenía unos instantes a contemplar la vasta extensión de terreno que fluía en todas direcciones, desde el palacio hacia un horizonte infinito y borroso, y admiraba la flamante arquitectura y técnica del monumento en el que se hallaba prisionera. 
El terreno, árido y seco, no era en absoluto acogedor e idílico como se espera encontrar en las inmediaciones de un palacio increíble y poderoso, un auténtico hito arquitectónico que no tenía nada de humano.
Para nuestra protagonista, ese paraje resultaba sobrecogedor, algo se turbaba en su pecho al contemplar esa inmensa cárcel inerte. 
Sin embargo, la curiosidad la incitaba con su insistente voz hasta prender la mecha de una idea que florecía en su tierna cabecita. 
Entonces, con las últimas luces del ocaso muriendo tras el delgado contorno del horizonte y apagando el mundo, ella desplegaba las enormes alas a su espalda y las batía alzándose sobre la estructura de piedra que hacía para ella de hogar. Y se alejó a una velocidad vertiginosa justo en el momento en que un escudo invisible se cernía sobre el palacio, sepultándolo, como una enorme cúpula transparente y casi imperceptible.

A lo largo de muchos años, continuó con esa rutina de la que regresaba con la primera luz del alba para escabullirse sigilosa hacia su dormitorio. Gracias a la cual sobrevoló la mayor parte del árido paraje que alcanzaba a vislumbrar y conoció su ubicación exacta en ese sector del Mundo Esencial en el que se encontraba.

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